miércoles, 23 de mayo de 2018

Construyendo, construyen, construímos el relato de la Carrera

El relato del Gancho va tomando forma y para ello se realizaron los primeros talleres para que las palabras, dibujos e ideas que salieran en los diferentes grupos dieran forma al relato de la Carrera de este año.

Nos lo cuenta Miguel Ángel que va a unir todas las aportaciones y lo terminará de construir.

Primer día. Los adultos.

Pienso en ellos, en los adultos, como en quienes tienen en su mano la capacidad de organizar, la posibilidad de pensar el modo correcto de hacer. Les llevo Utopía, de Tomás Moro. Les muestro la portada del libro: esa isla ideal y perfecta. Ellos y ellas vienen de trabajar con sus manos. Visten ropas de color rojo. Eso les da un toque de distinción: la distinción del trabajo. Son numerosos, más de los que había imaginado. Algunos proceden de culturas que han viajado mucho, que han descubierto mundos que otros no habían visto antes. Nos lo dice uno de ellos. Así que el viaje, la idea del viaje, puede ser un motivo central. Lo es, de hecho. Y además del viaje, la llegada, la recepción. A mí me han recibido bien, muy bien. Están atentos a las historias de viajeros que les narro. Ellos son un viajero colectivo, pero, a la vez, son la gente que recibe a los nuevos viajeros. Es necesario que, en esta isla que va a ser el Gancho, todos se saluden, nos dicen. Felicidad y tranquilidad, nos dicen. El fluir del agua y el fuego. Los frutos de los árboles y la unión. También la música, el baile y una buena merienda. Al día siguiente me encontraré por la calle con algunos de ellos. Todos me saludan.



Segundo día. Los jóvenes.

Un modo de recibir a los viajeros que llegan a una isla es bailando. El baile como bienvenida, como rito de comunión y aceptación. Es importante la aceptación. Toma mi mano y baila conmigo, parecen decirme, baila conmigo y con mi gente. Ellos, los jóvenes, son el porvenir inmediato. No han venido demasiados, pero enseguida comulgan de lo que les cuento y participan de mi narración. Es necesario enamorarse del Gancho, me dicen. Y para ello nada mejor que dar vueltas, que pasear todo el barrio. Es lo que hacen cuando viene alguien de fuera de su isla. Pasear con él para que descubra algo nuevo. Tal vez el viajero está solo, no tiene a nadie, me dice una de las chicas. Tal vez el viajero, como un Sherlock Holmes, quiera descubrir lo nuevo. Y eso podemos ofrecérselo. Que el viajero se enamore del Gancho, porque somos gente del Gancho, porque somos, me dicen, "gancheros". Para eso bailamos, parecen decirme. De hecho vienen de ensayar una coreografía en la planta de arriba. Amor y diversidad. Complicidad y respeto. Y el aire como idea de libertad.

Tercer día. Los más pequeños.

Algunos, para escuchar, tienen una llave. Esa llave les sirve para no hablar mientras escuchan. Pero también para hablar cuando se les pregunta. Todo el poder de crear está en sus manos. Había una vez..., dice una niña antes de que todo comience. Decido contarles, a mi manera, la historia de los amigos de Peter Pan, esos a los que les gusta escuchar las historias que les cuenta la hermana mayor. Escuchan con atención y hablan, hablan mucho. Olvidan en ocasiones la llave, pero es por un buen motivo: porque tienen necesidad de contar. Se han sentado en el suelo. Escuchan la propuesta que les hago: dibujar su casa, su barrio, dibujarse a ellos mismos y a sus amigos viajando hasta una isla imaginaria, volando hasta ella. Después, les pido, dibujad esa isla, llenadla de todo aquello que deseéis en ella. No valen rayujos, dice uno de los niños. Pero también tiene que valer escribir, me pide alguno de los más mayores. Así que dibujan o escriben, o dibujan y escriben. Se ven volando y se ven en su isla ideal. Por fin te hemos ayudado, me dice una niña al final. Y me abraza. Ellos tienen la llave.


No hay comentarios:

Publicar un comentario